El discurso vacà­o de lo sostenible

Llegeixo a rebelion un artí­cle titulat Entre el capitalismo radical y una izquierda miope:
El discurso vací­o de lo sostenible
d’A. Karambolis

Entre el capitalismo radical y una izquierda miope

El discurso vací­o de lo sostenible

A. Karambolis

Rebelión

Según el diccionario, se conoce como “muletilla” la palabra o frase que se repite con frecuencia de manera mecánica y normalmente innecesaria.

El panorama polí­tico occidental incorpora muchas muletillas que son como el estribillo de una canción. Son las frases que cualquiera puede corear sin saber ni quien habla.

Muchas de estas letaní­as corresponden a ideas que no son triviales en absoluto, pero a base de repetirlas van perdiendo su relevancia y su sentido. Así­, por ejemplo, la democracia o la justicia son protagonistas de innumerables muletillas incorporadas al discurso de la globalidad del espectro polí­tico que, seamos sinceros, entre su banda izquierda y derecha tampoco es que tenga un recorrido muy amplio.

De todas las frases huecas, hay una que me molesta especialmente y sobre la que me gustarí­a reflexionar en estas lí­neas.

No hay grupo o partido que no declare en manifiestos, programas o actos que todas las decisiones, estrategias e intenciones de su opción polí­tica van encaminadas al logro de “un planeta medioambientalmente sostenible”

Me pregunto si alguna de estas opciones polí­ticas sabe lo qué es un planeta medioambientalmente sostenible. Me contesto yo solita que las que apuestan por el capitalismo como modelo socioeconómico lo intuyen perfectamente y que por eso, tratan de desvirtuar la idea como sea. Mucho me temo que otros proyectos polí­ticos, los de la izquierda transformadora, precisamente los más necesarios para caminar hacia un planeta sostenible, están faltos de una reflexión profunda sobre la sostenibilidad y sus implicaciones.

La sostenibilidad es el conjunto de “cosas” que permiten que se pueda mantener la vida, ahora y en el futuro, para todo el conjunto de los seres vivos. En un planeta ambientalmente sostenible, no se pueden arrancar los bienes de la tierra por encima de la capacidad que la propia tierra tiene para regenerarlos, ni se pueden generar residuos por encima de la capacidad del planeta de actuar como un sumidero. Bajo el prisma de la sostenibilidad, es central la consideración de los lí­mites del planeta, simplemente porque la Tierra es una bolita suspendida en el espacio con un número limitado de kilos de materiales que no se regeneran con la varita mágica de la tecnologí­a.

¿Cómo encajan los lí­mites del planeta con el neoliberalismo?

Pues muy malamente, directamente son incompatibles y no porque lo diga nadie beligerante con el neoliberalismo, sino porque el sistema capitalista se basa en el crecimiento ilimitado. Se basa en el consumo creciente, en la cultura de usar y tirar, en la creación de necesidades artificiales y en su satisfacción a través de los productos que la publicidad determina que son adecuados para hacerlo.

Las necesidades reales son limitadas. Uno puede comer tres veces al dí­a, pero si come doce se estriñe o le entra diarrea. Las necesidades humanas de afecto, seguridad, protección, condiciones ambientales que permitan vivir, de ser capaz de decidir sobre la propia vida, de ser libre, de poder participar, no pueden ser satisfechas por el mercado. Pero, los prestidigitadores del dinero, con el truco de la publicidad y los medios de comunicación que poseen, nos convencen de que la libertad está en tener coche, de que el afecto se consigue con un determinado desodorante, de que la seguridad está en un plan de pensiones, de que la protección nos llega de los ejércitos, de la industria de la guerra o de las empresas privadas de vigilantes. Nos inculca que el aire limpio te lo regalan al comprar un chalet adosado en la sierra y que la participación consiste en elegir cada cuatro años entre dos o tres opciones que con envoltorios diferentes presentan el mismo producto. Lo que no tiene precio se convierte en pura mercancia. Así­ de fácil.

La sostenibilidad está en lo próximo, en lo cercano, en la autosuficiencia de las comunidades y en los intercambios equitativos entre ellas, en la no dependencia de los designios de las empresas transnacionales que, para asegurar su propia supervivencia, pasan por encima de los lí­mites posibles del planeta y actúan como si los bienes naturales fuesen ilimitados.

Sostenible es la soberaní­a alimentaria, es decir, que cada comunidad produzca los alimentos que necesita. Esta idea es contraria a los monocultivos, a la depredación de las grandes transnacionales del “agrobussines” y a las polí­ticas arancelarias de las instituciones económicas internacionales. Por ello, además de denunciarlo, lo revolucionario es luchar por la independencia en la producción de alimentos, luchar contra la imposición de semillas transgénicas que someten a los campesinos e hipotecan su futuro a los intereses de los imperios de la industria. La lucha contra el consumo de estos productos en las sociedades occidentales es subversiva y necesaria, porque si las multinacionales fuerzan a los campesinos del sur a cultivar transgénicos, es porque tienen un mercado, el de los paí­ses occidentales, que los consume.

Sostenibles son los desplazamientos cortos y el transporte colectivo. Pero eso también choca frontalmente, entre otras cosas, con la promoción de un modelo industrial y energético basado en el petróleo. Los grandes monopolios petrolí­feros provocan la desarticulación, la miseria y la guerra en las sociedades que dependen de la extracción de un mineral fósil que se está acabando y no se puede renovar. La destrucción ecológica del entorno de estas sociedades dificulta que puedan volver a ser independientes de los grupos que trafican con el oro negro. Por ello, lo revolucionario y radical, además de denunciar, es apoyar y comprometerse con otros modelos de urbanismo y de transporte alternativos.

Sostenible es detener la progresiva cementación del territorio, porque la creciente y alarmante eliminación de suelo natural destruye la biodiversidad, que es lo que permite que la vida se pueda regenerar y que los ciclos naturales se mantengan equilibrados, algo indispensable para el hombre y el resto de los seres vivos puedan hacer cosillas como respirar, alimentarse, reproducirse o calentarse. También la simple conservación de la vida está amenazada por los intereses del megaimperio de la construcción, por las grandes infraestructuras necesarias para el transporte de cantidades ingentes de materiales o para poder regar campos de golf en terrenos desérticos.

Lo sostenible es lo sencillo, lo austero y se contrapone al consumo desenfrenado, al mundo de la moda, al mundo de la publicidad que busca hacernos sentir feos y gordos, para luego poder vendernos productos cosméticos que nos hagan tan atractivos y seductores como la misma publicidad dice que tenemos que ser. Sobra decir que la austeridad, o la sencillez en el consumo es la bicha de la economí­a de mercado neoliberal, y, por tanto, la promoción y práctica de alternativas no monetarizadas o menos monetarizadas, como las cooperativas de consumo, el trueque, la reutilización o la reducción en la compra de productos, son opciones radicales y con posibilidad de incidir en la transformación social.

La dictadura mercantilista del modelo actual occidental pone precio al aire, al agua, a la tierra, al conjunto de todos los seres vivos, incluidas las personas, pero se olvida medir cuánto cuestan los servicios que los ciclos de la vida presta gratuitamente y que son imprescindibles. ¿Cuánto vale que las plantas regeneren el aire que respiramos a partir de la fotosí­ntesis? ¿Cuánto valdrí­a “fotosintetizar a mano” si los niveles de deforestación llegase a lí­mites crí­ticos? ¿Cuánto vale que llueva y se pueda mantener el balance hí­drico? ¿Cuánto cuesta fabricar el agua para beber? ¿Cuánto vale el filtro de rayos UVA del sol que impide que nos achicharremos?

El neoliberalismo resuelve los problemas con la visión cortoplacista de quien sólo persigue enriquecerse de forma inmediata cueste lo que cueste y con una aterradora falta de ética social. Así­ se enví­an las industrias más sucias a los paí­ses más pobres, se desplazan los residuos más peligrosos y se esquilman los bienes que son de todos robándolos a las mujeres y hombre del presente y a los del futuro. Se embotella el agua y se vende, se fabrican personas y se venden, se vende carne en los paí­ses ricos por encima de niveles razonables para la salud, aunque para alimentar una vaca haga falta una superficie de suelo que cultivada, podrí­a alimentar a veinte familias en otros paí­ses en los que existe crisis alimentaria. Se vende, se vende, se vende…

Cuando compramos un producto que viaja hasta nuestro mercado desde el otro hemisferio, habrí­a que sumarle al precio de venta al público, lo que cuesta la miseria que crean los monocultivos, habrí­a que sumar la enfermedad que provocan pesticidas y abonos quí­micos, habrí­a que sumar el trabajo esclavo en la empresas deslocalizadas, habrí­a que sumar los muertos de las guerras del petróleo necesario para trasladar mercancí­as de un lado a otro y habrí­a que sumar la desesperanza que le espera a las generaciones venideras. De este modo, puede que, los que sólo ven las cosas si se traducen a la única unidad de medida que conocen, el dinero, comprobasen al pagar el filete, el café, la fruta exótica o la prenda de moda, qué caro le sale al conjunto de la Humanidad y al planeta su ceguera consumista.

Sencillamente es imposible que un sistema basado en los paradigmas del capitalismo occidental sea sostenible, del mismo modo que no puede ser justo o libre, por ello, cuando los polí­ticos de la socialdemocracia incorporan en sus discursos la coletilla del “logro de un planeta medioambientalmente sostenible”, directamente se burlan de los hombres y las mujeres, intentan fagocitar la alternativa radical y viable a su propio modelo con la finalidad de descafeinarla, para de esta manera imposibilitarla.

Aún con todo esto, más dolorosa para mí­ es la utilización de la muletilla de la sostenibilidad en las organizaciones polí­ticas que quieren constituir la izquierda transformadora. Desde el compromiso sincero con otro modelo más justo, caen en el mismo cortoplacismo del sistema. Lamentablemente, miran con los mismos ojos del capital. Consideran progreso y desarrollo de la misma forma, pensando ingenuamente, que repartiendo más justamente los beneficios, se puede dar la vuelta a la tortilla. ése es el mayor éxito que ha conseguido el mercado. La propaganda de la maquinaria capitalista ha conseguido que la izquierda interiorice uno de los postulados básicos de su religión. El que considera el planeta un gran almacen de recursos que no se agotan y los avances tecnocientí­ficos el instrumento neutral que los pone a disposición de las personas.

Esta venda que la sociedad mercantilista ha conseguido colocar en los ojos de una buena parte de la izquierda transformadora, impide analizar por qué en muchas ocasiones en que se obtuvieron gobiernos y alcaldí­as, se acabó cayendo en lo de siempre, si acaso con algunos criterios sociales más progresistas, pero no suficientes para crear otra realidad diferente y duradera. Esta venda, impide imaginar alternativas y conduce inexorablemente a buscar soluciones y cambios que se basan en una tecnologí­a y una visión del desarrollo que, aunque se presente como neutral, está cuidadosamente diseñada por la propia esencia del capital y el mercado.

Esta izquierda transformadora del mundo occidental considera la sostenibilidad como parte de la colección de reivindicaciones satélites que cualquier persona de izquierdas lleva a la espalda. Padecen una miopí­a triste y peligrosa que no les permite ver que los movimientos sociales que actualmente más admiran y apoyan, tienen como nexo común: el haber enmarcado su lucha y su trabajo en la sostenibilidad.

Las mujeres de la India, que conocemos a través de Vandana Shiva, el Movimiento Sin Tierra de Brasil, los indigenistas bolivianos, el zapatismo, las senegalesas de los manglares, los movimientos contra la dictadura de logos y marcas, etc, tienen su esencia y la centralidad de su acción en la sostenibilidad. Tienen como aspecto fundamental la búsqueda de la autosuficiencia en lo próximo, en lo limpio, en lo sostenible.

La revolución bolivariana de Venezuela, que en su momento inicial no parecí­a un proceso revolucionario “al uso”, se ha ido radicalizando paulatinamente, como no puede ser de otro modo cuando la población participa, comienza a intentar no depender de los mercados globales y se autoorganiza con criterios sostenibles. El neoliberalismo, obviamente, sí­ percibe la sostenibilidad como peligrosa para sus negocios y, por ello, reacciona violentamente tratando de cortar de raí­z semejantes pretensiones.

También la izquierda cubana tiene sus problemas en el camino de la sostenibilidad y da pena ver cómo una sociedad que ha demostrado que sabe resistir y rechazar dignamente la seducción del mercado, se ve metida en el peligroso mundo del negocio del petróleo, de la mano nada menos que de Repsol YPF, en vez de procurarse la energí­a necesaria de las muchas hora de sol y de los fuertes vientos que se dan en la isla. Desde mi punto de vista, si la revolución cubana tiene alguna espada de Damocles suspendida encima, no es la falta de compromiso de su sociedad con el socialismo, sino que el que no hubiese avanzado lo bastante en el camino de la autosuficencia y la sostenibilidad.

¿Qué pasa con la izquierda occidental mientras tanto?

Mira con cierta nostalgia y solidaridad lo que hacen cubanos, venezolanos o hindúes, admirando la dignidad de su lucha sin tener la lucidez de mirar cara a cara a la bestia que en sus propias casas, en sus coches, en sus trabajos, en sus cocinas, en sus compras, apuntalan el sistema. Minusvaloran y, a veces desprecian a los movimientos e iniciativas que intentan desbrozar el camino de lo sostenible, tildándolos de excéntricos, caverní­colas y minoritarios, sin ver que desarrollar estas luchas en los paí­ses occidentales es crucial para el futuro de aquellas otras que se dan al miles de kilómetros de distancia.

La sostenibilidad no es sólo una reivindicación del ecologismo social. La sostenibilidad es la alternativa al neoliberalismo, la única posible, ya que aunque pretendiésemos repartir con equidad los beneficios de un sistema productivo basado en la extracción de recursos, seguirí­amos tropezando con el problema de que el planeta no puede con la carga de tantos millones de seres humanos consumiendo y generando residuos a un ritmo insostenible, y eso, sin pensar en el resto del mundo vivo. Los modelos que calculan la huella ecológica dicen que, si todos los seres humanos viviesen como un ciudadano occidental medio, harí­an falta tres planetas. Así­ que con este modelo productivo es imposible que haya para todos. Es preciso detener el crecimiento en los paí­ses ricos, pero además, no es posible que los paí­ses más pobres crezcan siguiendo los pasos de lo que hizo occidente, no es sólo una cuestión ética, es que no se puede. La sociedad occidental ya ha depredado una buena parte del “capital natural” del futuro, por ello la búsqueda de alternativas sostenibles es urgente.

La sostenibilidad es un camino que hay que descubrir en cada contexto, un camino complicado en el que hay que desandar mucho de lo andado, en el que hay que cambiar los paradigmas de la ciencia, en el que hay que revisar qué es el progreso o qué es el desarrollo. Un viaje, que por no haberse viajado antes, no tiene mapas, no tiene recetas.

La sostenibilidad no es una ideologí­a, no es un objeto de consumo, no es una frase hecha, no es una lucha colateral, no es una muletilla. Es la opción más solidaria con el presente y con el futuro. Es la opción más radical, subversiva y necesaria. Así­ que por favor, si no van a hacer nada, por lo menos no nos lo pongan más difí­cil.