España va bien

Durante los últimos años se ha generalizado la idea que España, la economí­a española va bien. España crece más que sus vecinos europeos, las empresas españolas obtienen los mayores beneficios de su historia y la creciente riqueza de los españoles es la causa de la sólida y creciente demanda interna (consumo de bienes y servicios) y del alce espectacular del precio de la vivienda.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y, sin lugar a dudas a algunas Españas no les va nada bien. Mientras los beneficios de las grandes empresas no paran de crecer y sus cotizaciones rebasan máximos históricos constantemente, los salarios se encuentran estancados viendo así­ como su poder adquisitivo no para de caer a causa de una inflación real superior a la “oficial” (al menos para las cestas de la compra de las clases trabajadoras) y por el aumento del coste de la vivienda que empeora dí­a a dí­a con la subida de los tipos de interés que agrava unos ya desorbitados precios iniciales. Incluso los sindicatos (los mayoritarios) han asumido que los salarios deben subir por debajo de la productividad. En otras palabras, que para que nos aumenten un poquito el sueldo, debemos trabajar mucho más (o en términos marxistas, un aumento del plusvalor relativo). Y pobre de quién no acepte estas condiciones pues siempre hay algún otro lugar (llámese Europa del Este, Norte de ífrica, China, etc.) en el que aceptan todas las condiciones de la empresa, por un precio menor y encima sin quejarse.

Como puede decirse que el paí­s, la economí­a, va bien al mismo tiempo que gran parte de la población ve reducido su nivel de bienestar, se ve forzada a trabajar más horas, en situaciones más inestables e irregulares, por unos salarios menores y se ve abocada a un endeudamiento cada vez mayor para intentar no perder el tren del consumo que los medios de comunicación de masas no para de repetir que es la única forma de integración social. Lo cierto, es que cada vez hay más gente que se queda en el anden sin poder comprar el billete, y los que lo consiguen ven como han reducido el número de vagones de 3a y 2a clase y viajan todos hacinados mientras miran con envidia como en los vagones de cabeza abundan el lujo y las comunidades.