Extractes de “Por el bien del imperio” (J. Fontana)

Alguns extractes del llibre “Por el bien del imperio” de Josep Fontana

“Solo más tarde aprendí” dirá Kissinger en sus memorias “que las principales decisiones de política económica no son técnicas, sino políticas”.

J. Fontana – Por el bien del imperio (p. 456)

El 17 de octubre Honecker, que era partidario de responder al clima de protesta popular con la violencia, como habían hecho los chinos en junio en Tiananmen, fue destituido y reemplazado al frente del SED por Egon Krenz, contrario al uso de la represión. Pero los mayores problemas del país, como descubrió ahora el nuevo secretario general, eran de índole económica: la República Democrática Alemana estaba al borde de la quiebra, sin capacidad para hacer frente al pago de los intereses de su deuda exterior; algo que Honecker había ocultado a los dirigentes del partido. Cuando viajó a Moscú para comunicar a Gorbachov que el país se encontraba en una situación desesperada, recibió la respuesta de que la Unión Soviética no podía ayudarles y que la solución residía o en decirles a los ciudadanos alemanes que habían estado viviendo por encima de sus medios y que tocaba sacrificarse -algo que era imposible en aquellos momentos de protesta generalizada-, o en buscar la ayuda económica de la Alemania occidental, que solo se podría obtener a cambio de concesiones políticas.

J. Fontana – Por el bien del imperio (p. 681)

La ayuda de estado a estado de los años de la guerra fría dio paso a una nueva etapa en que esta la proporcionaban las organizaciones humanitarias internacionales, los donantes y las ONG, lo cual significó pasar de los programas para el desarrollo a los de un mero alivio de la pobreza.
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Mike Davis sostiene que las ONG (que frecuentemente tienen poco de no gubernamentales: las norteamericanas reciben el 70 por ciento de sus ingresos del gobierno a través de la USAID) representan una forma de imperialismo blando. Desempeñan un papel semejante al que los misioneros representaban en la primera etapa del imperio. “Proporcionan una cobertura moral -una misión civilizadora de ayuda a los pobres paganos- a los poderes que están saqueando estas sociedades”. Y al igual que las instituciones religiosas justificaban la guerra imperial, muchas ONG, abandonando sus pretensiones de neutralidad en los conflictos, optan por apoyar gobiernos autoritarios como el de Meles Zenawi en Etiopía, con el argumento de que favorecen la estabilidad, o incluso llegan a promover operaciones de intervención militar, tanto en el caso de Darfur, como en el de Uganda, donde abogan por una intervención militar norteamericana contra el Lord’s Resistance Army de Joseph Kony, del que se hablará más adelante.

J. Fontana – Por el bien del imperio (p. 721-723)

No hay duda, sin embargo, de que la corrupción resulta mucho más respetable en términos de la opinión internacional que los intentos de aplicar políticas alternativas que amenacen las reglas del juego.

Angola, por ejemplo, fue denunciada como una dictadura marxista hasta que su régimen acabó corrompiéndose con los beneficios del petróleo. Ahora es, por lo menos, un estado decente, cuyos gobernantes roban, pero permiten a las petroleras hacer negocios: se ha adaptado a las normas del petrocapitalismo y a nadie se le ocurre denunciar que los recursos del petróleo, manejados sobre todo por la ”empresa pública” Sonangol, no se usen para aliviar la pobreza de la población, sino para enriquecer a sus gestores, y que la mortalidad infantil sea de un 132 por mil (muy superior incluso a la media de África, que es de 87 por mil).

El último invento del Banco Mundial para culpabilizar a los africanos de su situación ha sido el de la “corrupción tranquila”, (quiet corruption), o sea el incumplimiento de los funcionarios públicos, presentado como un factor “silencioso y letal” que «Socava los esfuerzos del desarrollo», y olvidando las responsabilidades que el propio Banco y el FMI tienen por haber creado, a través de los planes de ajuste estructural, las condiciones que han facilitado la consolidación de las diversas formas de corrupción.

J. Fontana – Por el bien del imperio (p. 737)

Vivimos en momentos en que se intenta recuperar el prestigio del imperialismo, sobrevalorando sus aportaciones a las colonias y afirmando que el crecimiento de las potencias metropolitanas debió muy poco a los beneficios que obtuvieron de ellas. Hace ya muchos años que la investigación aclaró el segundo de estos puntos, al descubrir que si bien las colonias fueron en muchos casos ruinosas para las metrópolis en términos globales, no lo fueron para todos los intereses metropolitanos. Los costes del imperio los asumía el conjunto de la sociedad a través de los impuestos y del servicio militar, mientras que sus benefícios eran para un limitado sector implicado en los negocios coloniales.

Unos beneficios que se mantuvieron incluso después de que se acabaron formalmente los imperios. François Crouzet ha escrito que las colonias se perdieron y no pasó nada. No pasó nada, entre otras razones, porque las metrópolis siguieron sacando provecho de sus economías.

J. Fontana – Por el bien del imperio (p. 757)

(El NAFTA) “estaba explícitamente diseñado para poner a los trabajadores industriales norteamericanos en competencia directa con los pobremente pagados del mundo en vías de desarrollo”.

Dean Baker, citat per J. Fontana – Por el bien del imperio (p.784)

Para compensar la disminución del poder adquisitivo de los salarios, Yeltsin no solo liberalizó por completo la producción y venta de vodka y de otras bebidas alcohólicas, sino también la importación de licores extranjeros, con lo que se consiguió que los precios de las bebidas alcohólicas fuesen cada vez más bajos y que su consumo creciese. “El vodka desempeñó su función social al reducir la combatividad durante la etapa más dura de las reformas económicas.”

J. Fontana – Por el bien del imperio (p.821)

Eran los frutos lógicos de una época en que los bajos tipos de interés ayudaron a impulsar una orgia especulativa. Unos tipos cuyo nivel tenía que ver con el hecho de que las economías asiáticas, y en especial la china, habían decidido mantener sus reservas en dólares invirtiendo buena parte de los beneficios de sus exportaciones en la compra de bonos del tesoro norteamericano. China, por ejemplo, lo hizo por un volumen de más de un billón de dólares, lo que venía a representar un gigantesco préstamo que ayudó a mantener en los Estados Unidos un crédito barato que iba a favorecer tanto los altos niveles de consumo como la burbuja inmobiliaria, a la vez que, incentivando la importación de productos industriales asiáticos, arruinaba el aparato industrial norteamericano, ya en franca decadencia.

Se animó entonces a los inversores a que se endeudaran con créditos baratos para poner el dinero en negocios de riesgo que ofrecían rendimientos más altos que los costes del endeudamiento, en operaciones que los propios expertos calificarían más tarde, cuando tras el de- sastre de 2008 vino el momento de hacer un examen de sus causas, como “difíciles de comprender y más difíciles aún de valorar”, pero que el propio Greenspan había alentado, asegurando que “distribuían el riesgo por toda la economía” y la hacían más estable, a la vez que justificaba que se mantuviesen estas operaciones al margen de las regulaciones oficiales, basándose en la creencia de que los modelos de control de riesgo de los bancos eran mucho más efectivos que los que pudiese imponer la administración.
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hasta llegar a casos que llevaron a un profesor de la Universidad de Duke a decir que había visto contratos “tan complicados que no sería práctico para los inversores tratar de entenderlos: tendrían que gastar más dinero contratando expertos para deconstruirlos de lo que nunca podrían esperar ganar con sus beneficios”·

J. Fontana – Por el bien del imperio (p.831-832)

Lo que en la primavera parecían revoluciones, se habían convertido en el verano en transiciones que aspiraban a dejar las cosas más o menos como antes, con los mínimos cambios de decorado necesarios. El inesperado hundimiento de unos regímenes corruptos que las potencias occidentales habían contribuido a sostener durante más de treinta años en nombre de la democracia obligaba a buscar soluciones de urgencia para evitar que se cumplieran las aspiraciones populares, en una perspectiva que tiene poco que ver con al-Qaeda o con la “guerra contra el terror” (al parecer en el Consejo Nacional de Transición Libio hay islamistas que combatieron en Irak y Afganistán), que aparecen ahora en toda su desnudez de mitos legitimadores de una política de intervención mundial.

Angelina Jarrouj advertía que más que “protestas a favor de la democracia” tal como se interpretaba habitualmente en Occidente, estos movimientos representaban la expresión del malestar creado por gobiernos que seguían los programas fijados por las instimciones financieras internacionales como el Banco Mundial, que consideraba a Túnez y a Egipto como dos modelos de una adecuada política de desarrollo, ante la evidencia de la corrupción de los gobiernos, el empobrecimiento de las masas y el desamparo de unas generaciones jóvenes condenadas al paro, lo que ayuda a entender su destacado papel en las protestas.

J. Fontana – Por el bien del imperio (p.919)