Ilurion 21/03/2015 – La Xina de Deng Xiaoping

Ivoox

No sería de extrañar que los historiadores del futuro vieran los años comprendidos entre 1978 y 1980 como un punto de inflexión revolucionario en la historia social y económica del mundo. En 1978 Deng Xiaoping emprendió los primeros pasos decisivos hacia la liberalización de una economía comunista en un país que integra la quinta parte de la población mundial. En el plazo de dos décadas, el camino trazado por Deng iba a transformar China, un área cerrada y atrasada del mundo, en un centro de dinamismo capitalista abierto con una tasa de crecimiento sostenido sin precedentes en la historia de la humanidad.
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Deng era testigo del vertiginoso aumento de riqueza y de influencia experimentado por Japón, Taiwán, Hong Kong, Singapore y Corea del Sur, y para salvaguardar y promover los intereses del Estado chino, resolvió movilizar un socialismo de mercado en lugar de la planificación central.

Què és el neoliberalisme?

El neoliberalismo es, ante todo, una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano, consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, fuertes mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es crear y preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de estas prácticas. Por ejemplo, tiene que garantizar la calidad y la integridad del dinero. Igualmente, debe disponer las funciones y estructuras militares, defensivas, policiales y legales que son necesarias para asegurar los derechos de propiedad privada y garantizar, en caso necesario mediante el uso de la fuerza, el correcto funcionamiento de los mercados. Por otro lado, en aquellas áreas en las que no existe mercado (como la tierra, el agua, la educación, la atención sanitaria, la seguridad social o la contaminación medioambiental), éste debe ser creado, cuando sea necesario, mediante la acción estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de lo que prescriban estas tareas. La intervención estatal en los mercados (una vez creados) debe ser mínima porque, de acuerdo con esta teoría, el Estado no puede en modo alguno obtener la información necesaria para anticiparse a las señales del mercado (los precios) y porque es inevitable que poderosos grupos de interés distorsionen y condicionen estas intervenciones estatales (en particular en los sistemas democráticos) atendiendo a su propio beneficio.

Neoliberalismo «con características chinas»

En diciembre de 1978, enfrentados al doble obstáculo de la incertidumbre política abierta tras la muerte de Mao –que se había producido en 1976– y de varios años de estancamiento económico, los líderes chinos encabezados por Deng Xiaoping anunciaron un programa de reforma económica. Tal vez nunca sepamos con certeza si Deng fue siempre un «seguidor del camino capitalista» –como Mao había afirmado durante la Revolución Cultural– o bien si las reformas no eran otra cosa que un movimiento desesperado para garantizar la seguridad económica de China y afianzar su prestigio frente al progresivo auge del desarrollo capitalista en el resto del este y del sureste de Asia. Las reformas sencillamente coincidieron -y es muy difícil considerar este hecho como algo distinto a un accidente coyuntural de relevancia histórico mundial con el giro hacia las soluciones neoliberales en Gran Bretaña y en Estados Unidos. En China, el resultado ha sido la construcción de un tipo particular de economía de mercado que incorpora de manera progresiva elementos del neoliberalismo imbricados con un control autoritario y centralizado. La compatibilidad entre el autoritarismo y el mercado capitalista ya se había establecido de manera clara en otros lugares, como Chile, Corea del Sur, Taiwán y Singapur.

Aunque no se abandonaba el igualitarismo como objetivo de China a largo plazo, Deng argumentó que había que retirar las restricciones a la iniciativa individual y local en aras a incrementar la productividad y activar el crecimiento económico. El corolario de esta medida, el hecho inevitable de que emergieran ciertos niveles de desigualdad, fue perfectamente comprendido como algo que habría que tolerar. Deng se concentró en «cuatro modernizaciones», la de la agricultura, la de la industria, la de la educación y la de la ciencia y la defensa. Las reformas estaban estudiadas para lograr que las fuerzas del mercado se impusieran internamente en la economía china. La idea consistía en estimular la competencia entre las empresas de propiedad estatal y que ésto, se esperaba, disparara la innovación y el crecimiento. Se introdujo el sistema de mercado para la fijación de precios pero, probablemente, ésto tuvo mucha menos relevancia que el acelerado traspaso de poder político y económico a las diversas regiones y a las entidades locales. Esta última medida se reveló particularmente astuta. De este modo, se evitaba la confrontación con los centros de poder tradicionales establecidos en Pekín y las iniciativas locales podían ser pioneras en abrir el camino hacia el nuevo orden social. Las innovaciones que no funcionaran podían simplemente ser ignoradas. Para complementar este esfuerzo, también se abrió el país al comercio exterior y a la inversión extranjera, si bien bajo una estricta supervisión estatal, poniendo fin al asilamiento de China respeto al mercado mundial. En un principio, la experimentación se limitaba principalmente a la provincia de Guangdong, cercana a Hong Kong y convenientemente lejos de Pekín. Uno de los fines de esta apertura al exterior era obtener transferencias de tecnología (lo que explica el énfasis en las empresas conjuntas entre capital extranjero y socios chinos). El otro era conseguir suficientes reservas exteriores para aprovisionarse de los medios necesarios para apoyar una dinámica interna de crecimiento económico más fuerte165. Estas reformas no habrían adquirido la relevancia que ahora les concedemos, ni la subsiguiente extraordinaria evolución económica de China habría tomado el camino ni registrado los avances que protagonizó, si en el mundo capitalista avanzado no se hubieran producido cambios paralelos de indudable importancia y en apariencia no relacionados con los anteriores en cuanto al modo de funcionamiento del mercado mundial. El impulso que cobraron las políticas neoliberales en el comercio internacional durante la década de 1980, abrió el mundo entero a las fuerzas transformadoras del mercado y de las finanzas. De este modo, se abrió un espacio para la apoteósica entrada e incorporación de China en el mercado mundial de maneras que no hubieran sido posibles bajo el sistema de Bretton Woods. La espectacular emergencia de China como una potencia económica global después de 1980, fue en parte una consecuencia imprevista del giro neoliberal en el mundo capitalista avanzado.

Transformaciones internas

Este planteamiento no supone en absoluto disminuir la relevancia de la tortuosa senda del movimiento de reformas internas habido dentro de la propia China. Lo que los chinos tuvieron que aprender (y en cierta medida todavía están aprendiendo), entre otras cosas, fue que el mercado poco puede hacer para transformar una economía si no se produce una transformación paralela en las relaciones de clase, en el régimen de propiedad privada y en todos los demás pactos institucionales que de manera característica asientan la prosperidad de una economía capitalista. La evolución a lo largo de este camino fue, por un lado, intermitente y, por otro, estuvo marcada de manera frecuente por tensiones y crisis de las que ciertamente no estuvieron ausentes los impulsos y también las amenazas del exterior. El hecho de si todo obedeció a una planificación consciente aunque adaptativa («tantear las piedras mientras se cruza el río», como Deng describió este proceso) o fue el desenlace, a espaldas de los políticos del partido, de una lógica inexorable derivada de las premisas iniciales de las reformas de mercado introducidas por Deng, será sin duda objeto de un largo debate166.

Lo que puede decirse con precisión es que China, al no tomar la senda de una «terapia de choque» de privatización instantánea como la que posteriormente le endosaron a Rusia y a los países centroeuropeos el FMI, el BM y el «Consenso de Washington» en la década de 1990, se las arregló para esquivar los desastres económicos que asolaron aquellos países. Al tomar su propio y peculiar camino hacia el «socialismo con características chinas», o como algunos ahora prefieren denominarlo, hacia «la privatización con características chinas», consiguió construir un modelo de economía de mercado manipulada por el Estado que proporcionó un espectacular crecimiento económico (arrojando una tasa media de crecimiento cercana al 10 % anual) y que ha aumentado de manera progresiva el nivel de vida de una significativa porción de la población durante más de 20 años167. Pero las reformas también conllevaron degradación medioambiental, desigualdad social y eventualmente algo que de manera incómoda se parece a la reconstitución del poder de clase capitalista.

Un envejecido Deng, se declaraba muy satisfecho tras comprobar con sus propios ojos el efecto que había tenido en el desarrollo económico la apertura al exterior después de una gira que realizó con este propósito por el sur del país en 1992. «Enriquecerse es glorioso» manifestó, añadiendo: «¿Qué importa que el gato sea pelirrojo o sea negro mientras cace ratones?» China se abrió en su totalidad a las fuerzas del mercado y del capital extranjero, aunque todavía bajo el ojo vigilante del partido. En las áreas urbanas se estimuló una democracia de consumo como una medida para atajar el descontento social. El crecimiento económico basado en el mercado se aceleró entonces de maneras que en ocasiones parecían estar más allá del control de partido.

Font: David Harvey – Breve historia del neoliberalismo